**Esperanza de una hermana**

En el año 1987, Ivette asiste a la escuela en un momento crítico para Lima. Sueña con cumplir sus metas, desea convertirse en una buena policía y vive con sus padres, Pablo y Amalia. Su padre decide emigrar a los Estados Unidos en busca de una vida mejor, mientras que su madre, a pesar de los constantes peligros del terrorismo en Perú, solo quiere lo mejor para su hija.

Ivette se comunica en secreto con su tío Jorge, quien siempre le envía postales contándole lo bien que la pasa y cuánto desea verla algún día. Su madre, preocupada por los continuos ataques terroristas, intenta protegerla para que no sea víctima de la violencia en la ciudad. Pablo les informa a su esposa e hija que ha conseguido un trabajo, pero después reflexiona y piensa que es mejor quedarse en Lima.

Durante los últimos años de escuela, Ivette ve un anuncio de trabajo. Sin embargo, su madre le recuerda que todavía es una niña de 11 años y que debe seguir estudiando. La rebeldía de Ivette provoca un fuerte enfrentamiento con sus padres, quienes deciden tomar medidas drásticas: quieren encerrarla en su habitación para evitar que cometa una locura, ya que aún es una niña que no debe descuidar sus estudios. Tras varios días, Ivette reflexiona y decide continuar con la escuela. Luego, vuelve a insistir en su sueño de convertirse en policía, ya que le encantan las historias policiales.

En otro momento de su vida, expresa su deseo de participar en un concurso de talentos. Gracias a la ayuda de una amiga de su madre, logra obtener un pase para la audición. Ivette y sus padres, aún en Lima, asisten a la audición, donde ella demuestra ser una excelente bailarina. Después de un gran ensayo, logra cautivar al público y a sus padres con una puesta en escena del ballet *El lago de los cisnes* y luego modela una falda típica incaica, hecha a mano por su madre. Tras una difícil deliberación, el jurado la coloca en segundo lugar, y ella se siente inmensamente emocionada.

Amalia está feliz, pues tiene una gran noticia para el padre de Ivette: ha conseguido pasajes a Los Ángeles, regalo de aniversario de su hermano Jorge para ella y su cuñado. Además, logra obtener la visa para emigrar a Estados Unidos. La escuela está por terminar, se acerca el cumpleaños de Ivette, y ella está muy feliz con todo lo logrado, lista para comenzar la secundaria.

Han pasado dos años, e Ivette se encuentra en un juicio como testigo. Desea ver tras las rejas al hombre que la engañó cuando solo tenía 11 años. Junto con otras niñas, logró ser rescatada, pero sus padres se sienten impotentes al ver que aquel sujeto es juzgado con ligereza. Al no hallarse suficientes pruebas, solo le imputan unos pocos años de cárcel. Sin embargo, Ivette y el detective Castro logran convencer al juez y al jurado al presentar nuevas evidencias: fotografías contundentes que revelan que ese hombre es un tratante de personas buscado durante años. Su peligrosidad ya no puede ser ignorada, y se determina que debe pasar muchos más años en prisión.

Los padres de Ivette se culpan por no haber investigado más al hombre que un día le ofreció un «trabajo». La dulce sonrisa de su hija parece haberse apagado, pero gracias al apoyo de una psicóloga, Ivette logra sanar. Finalmente, se traslada con sus padres a Los Ángeles. El detective Castro promete estar disponible para ayudarles cuando lo necesiten y les augura un gran futuro, especialmente a Ivette, de quien está convencido que será una gran policía. Poco después, la familia recibe una noticia que ilumina sus días: Amalia está embarazada. Ivette tendrá un hermano.

Varios años más tarde, Ivette ya es adulta y vive con su familia en una zona residencial de Los Ángeles. Se ha convertido en una detective ejemplar y mantiene una relación seria con Alex, un norteamericano a quien conoció años atrás. Sin embargo, en casa las cosas no son fáciles: su hermana menor, Cristina, ha crecido rebelde, con múltiples conflictos que angustian a sus padres. Ha sido arrestada varias veces por conducir ebria, consumo de drogas y actos de vandalismo en compañía de «amigos» que la arrastran por el camino equivocado.

Cristina está cansada de las comparaciones con Ivette y les grita que está harta de que interfieran en su vida. Asegura que siempre han querido que sea como su hermana. Sus padres le aclaran que nunca pretendieron compararla, solo desean lo mejor para ella. Le piden que estudie una carrera y se aleje de esas malas compañías. Ivette intenta hablar con ella, pero Cristina la rechaza. La ve como una sombra que le impide brillar. Aun así, Ivette le confiesa que, después de todo lo que vivió, Cristina fue el mayor regalo que sus padres pudieron darle. Le recuerda cuánto la cuidó desde que nació y que no soportaría verla caer en los mismos peligros que ella enfrentó años atrás.

Cristina, ignorando los consejos, se escapa a una fiesta con su novio. Mientras tanto, Ivette está con Alex cuando recibe una llamada urgente. Es el capitán Smith: necesitan su experiencia para una operación de rescate relacionada con una red de prostitución. Ivette le explica a Alex que debe irse de inmediato. Él la comprende y la apoya, sabiendo que su vocación es parte esencial de quién es. Al llegar al Departamento de Policía, Smith le informa que deberá infiltrarse para localizar a las chicas secuestradas… y salvarlas.

Ivette logra infiltrarse con las demás chicas cuando, de pronto, escucha la voz del capitán Smith en el micrófono oculto. Le informa que debe retirarse discretamente: hay una emergencia familiar. Al salir, pregunta qué ocurre, y Smith le explica que sus padres la están llamando desesperadamente, pues Cristina no ha regresado a casa.

Al llegar, Ivette encuentra a su padre completamente furioso. Ella lo tranquiliza, diciendo que saldrá a buscarla, pero en ese instante se abre la puerta. Cristina entra acompañada de su novio, Chad. Sorprendida, Ivette les pregunta qué sucede. Enojada, le exige saber dónde ha estado. Cristina responde que estuvo con Chad y sus amigos en una discoteca, que se divirtieron mucho y que está harta de que siempre la vigilen.

Pablo, indignado, le reprocha que son las tres de la madrugada y que debe empezar a asumir responsabilidad por sus actos. Chad interviene, pidiendo que se calmen y que dejen a Cristina en paz, pues ya es una mujer. Pero eso solo enfurece más a Pablo, quien le grita que no se meta, mientras Amalia intenta calmar a su esposo. Pablo, sin poder contenerse, amenaza a Chad con hacerle daño si le sucede algo a su hija. Ivette intenta mediar, le pide a Chad que se retire. Cristina, burlona, sugiere que su hermana le pondrá las esposas si se queda. Chad le da un beso y se marcha.

Ivette quiere hablar en privado con Cristina, pero esta le pide que la deje tranquila, que está cansada y se va a dormir. Los padres intentan detenerla, queriendo hablar seriamente, pero Ivette les pide que se calmen y conversen con ella más adelante.

En ese momento, Smith vuelve a comunicarse con Ivette: han localizado a la red de trata de personas, que está por llegar en un vuelo desde México. Ivette, junto a un equipo de oficiales, se dirige al aeropuerto. Allí logran capturar a dos miembros del grupo: uno queda herido y otro es arrestado. Mientras esperan la llegada del capitán, el equipo actúa con rapidez. El operativo termina con éxito, y Smith los felicita por haber cerrado una investigación de años. La búsqueda, finalmente, ha terminado.

Con el paso del tiempo, Ivette y Alex salen a cenar. Él le dice que está orgulloso del logro que acaba de alcanzar como detective. Ella le recuerda con ternura los días en los que se conocieron, en la academia policial, y cómo él, siendo psicólogo, siempre creyó en ella. Alex le confiesa que jamás olvidará los momentos maravillosos que compartieron, incluso cuando ella tenía que salir de improviso para una misión.

Ivette le dice que entiende si en algún momento él se sintió desplazado, pero que es difícil estar tranquila mientras muchas mujeres y niñas siguen siendo víctimas de redes criminales. Alex lo comprende, aunque le pide que no cargue con todo el dolor del pasado, que también debe cuidar de sí misma.

Entonces, él le cuenta que recibió una invitación a una conferencia de psicólogos en Nueva Orleans. Si lo aceptan, podrían contratarlo, y tendría que mudarse. Ella sonríe con tristeza y le dice que lo apoyará, pero que su lugar está en la policía de Los Ángeles. Si eso significa separarse, lo aceptará. Con los ojos llenos de lágrimas, Ivette le agradece por haberla ayudado a sanar, por mostrarle el verdadero amor, y lamenta que no hayan llegado al matrimonio.

Alex le toma la mano y le dice que siempre ocupará un lugar especial en su corazón, que ella es una mujer increíble y una gran ser humano.

Mientras Ivette se encuentra en el Departamento de Policía, recibe una llamada de su madre. Le dice, angustiada, que Cristina no ha dormido en casa. Desesperada, Ivette corre a su hogar, donde encuentra a su madre llorando y a su padre enfurecido. Le entregan una nota que hallaron sobre la cama de Cristina. Ivette la lee y queda atónita: en la carta, su hermana dice que ha tomado una decisión. Quiere buscar una vida mejor, que los extrañará, pero desea sentirse libre y seguir una oportunidad que, según le han ofrecido, le permitirá ganar dinero fácilmente como modelo. Les suplica que no la busquen.

Ivette, aunque devastada, tranquiliza a sus padres y les promete investigar a través de la Policía.

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