Los meses pasan y la angustia se intensifica. No hay ninguna señal de Cristina. Justo cuando la esperanza comienza a desvanecerse, le informan a Ivette que alguien desea verla. Para su sorpresa, se reencuentra con el detective José Castro—el mismo hombre que colaboró en su rescate cuando fue secuestrada siendo niña. Se abrazan con alegría contenida y acuerdan que será un honor trabajar juntos de nuevo.
Castro le dice que se enteró de que Cristina salía con un tal Chad. Le advierte que, según sus investigaciones, este hombre trabaja con un criminal de nombre Juan García, conocido por seducir y engañar a mujeres jóvenes en todo el país con falsas promesas de fama y dinero fácil. En ese momento, el capitán Smith les muestra una fotografía donde aparecen Chad y Juan García. Ivette se queda paralizada: es el mismo hombre que engañó a sus padres y a ella años atrás, el mismo que prometía convertirla en famosa.
Castro le explica que, inexplicablemente, Juan García fue liberado hace años. Justo entonces, el capitán Smith se retira de la oficina de forma extraña, dejando una atmósfera cargada de sospechas. La furia contenida de Ivette estalla internamente: tantos años, tanto dolor, y ese hombre sigue arruinando vidas.
Se siente impotente al recordar su propia historia, pero el detective Castro la contiene. Le pide que no lo tome como algo personal, que mantenga el enfoque. Ivette respira hondo. No está interesada en venganza, solo en una cosa: recuperar a su hermana.
Meses después, Ivette descubre que los “amigos” de Cristina ya no frecuentan el lugar donde solían verse. Intuyendo que hay algo más oscuro detrás, decide infiltrarse. Logra entrar a un burdel donde jóvenes, incluso niñas, son obligadas a prostituirse. Los proxenetas las graban con clientes para intercambiar esas cintas por drogas. Allí descubre que una de las antiguas “amigas” de su hermana trabaja en el lugar. Decide localizarla y obtener información, convencida de que Juan —el mismo hombre que la secuestró años atrás— es también quien ha capturado a Cristina.
Mientras investiga, Ivette se acerca al hijo de Juan, que seduce y engaña a jóvenes para luego secuestrarlas. Haciéndose pasar por una de las chicas nuevas, Ivette le pregunta cuántas jóvenes están ahí y desde cuándo. Él le responde sin saber quién es: algunas están con ellos desde niñas, otras son recientes. Entonces, Ivette ve un lunar en la mano de Juan y revive el momento en que lo conoció en Lima: la había llevado a un burdel, fingiendo que cumpliría su sueño.
Aprovechando un descuido, Ivette entra a la oficina de Juan para buscar pruebas. Mientras revisa su cajón, uno de sus hombres la sorprende. Ella improvisa, diciendo que su jefe le pidió encontrar un documento. En ese instante, Juan aparece, furioso. La llama “desgraciada” y dice que no encontrará nada. Ivette, sin miedo, lo enfrenta, lo llama machista y le pregunta si la reconoce. Juan le sonríe perversamente, dice que sí, que nunca pudo olvidar su rostro “tan tierno y puro”. Sus palabras la enfurecen.
Juan la arrastra hasta un cuarto secreto, amenazándola con una pistola. En ese momento, la policía irrumpe armada. “¿Dónde están las jovencitas y la oficial Suárez?”, gritan. Juan responde que si quieren encontrarlas, tendrán que pasar sobre él. Uno de los agentes le dispara en el hombro y lo derriba. Al ingresar al cuarto, un sicario apunta con un arma a Ivette, pero ella logra levantarse aún atada a la silla y golpearlo con fuerza, dejándolo inconsciente. La operación es un éxito, y los criminales son capturados.
Es ahí donde Ivette conoce al oficial Pierce Ryan, un hombre robusto, inglés, que la ayudó a salvarse. Ella, aún atónita, le pregunta cómo supieron dónde estaba. Él responde que fue el capitán Smith quien dio la orden, sospechando lo que podría pasar. Ryan se vuelve un gran apoyo para Ivette, un aliado sólido en lo bueno y lo malo.
De regreso al Departamento de Policía, Ivette se reencuentra con sus padres y les confiesa que no ha conseguido información concreta sobre Cristina, pero está segura de que Juan es quien la tiene. Pablo, enfurecido, dice que lo golpeará hasta que confiese, pero Amalia lo contiene. Ivette también se siente tentada a hacer justicia por su cuenta, pero sabe que Juan no hablará fácilmente.
Entonces suena el teléfono: es su tío Jorge, llamando desde Pasadena. Amalia e Ivette se emocionan al escucharlo. Él lamenta no poder estar con ellos y les transmite fuerza. Les recuerda que Ivette es una gran policía y que está seguro de que encontrará a Cristina. Ivette le responde que lo extraña y que espera verlo pronto.
El capitán Smith interrumpe para pedirle a Ivette que se vaya a descansar; él y Ryan continuarán con los interrogatorios. Ivette presenta a Ryan a sus padres, y Jorge —a través del altavoz— le agradece por proteger a su sobrina, “su tesoro más preciado”. Ryan responde que es su deber. Smith comenta que Ryan será un gran elemento para la policía en Estados Unidos y destaca el lazo fuerte que ha formado con Ivette. Ryan, agradecido, promete ayudarla en todo lo que pueda.
Después de un breve descanso, Pierce le confiesa a Ivette que viene de Londres y que fue transferido hacía un año como parte de una operación policial vinculada a una red de trata de mujeres. Además, su traslado sirvió para alejarse de algunos problemas personales que enfrentaba. Ivette decide abrir su corazón y le habla de su familia, su exnovio y los traumas que vivió de niña.
Pierce le dice que será un placer trabajar a su lado, pues ella le recuerda a un compañero con quien trabajó en misiones anteriores. Pronto se sumergen en los archivos del caso, y tras analizarlos cuidadosamente, deciden infiltrarse en una nueva operación encubierta. Después de cumplir con la misión, Ivette lo invita a cenar en su casa.Durante la velada, conversan sobre su trabajo en la policía y sus países. Los padres de Ivette le cuentan a Pierce sobre Lima, su gente, las tradiciones, la comida y las maravillas de Machu Picchu. Pierce les confiesa que quiso visitar Perú con su exesposa e hijos, pero que su agenda y sus problemas personales se lo impidieron. Aunque está divorciado desde hace tres años, mantiene contacto constante con sus hijos. También les habla de Inglaterra, del dolor de perder a su madre a los cinco años a causa de una leucemia, y a su padre —quien murió durante una operación policial. Ivette le dice con ternura que lo siente mucho. Él le cuenta que viene de una familia militar: su abuelo fue sargento, su padre y su tío fueron oficiales del ejército, siendo este último quien lo crio con mucho amor tras quedar huérfano. Amalia y Pablo le dicen que desde pequeña a Ivette le apasionó la historia europea, especialmente la inglesa, y que adoraba leer a William Shakespeare. Más tarde, en un momento íntimo entre ambos, Pierce le confiesa que su vida le recuerda a un episodio muy doloroso que experimentó en el pasado. Es un recuerdo que casi lo destruyó y lo llevó a pensar en dejar la policía para siempre. Ivette le responde con empatía que entiende ese dolor, porque lo que ella vivió también la marcó profundamente.
El tiempo avanza. Mientras revisa viejos archivos, el capitán Smith hace una llamada misteriosa y parece cerrar un trato con un tal Frank. Poco después, los padres de Ivette la llaman alarmados: han visto una fotografía de Smith en un periódico. Además, el detective Castro se comunicó con ellos y tiene fuertes sospechas de que Smith sabe el paradero de Cristina… o incluso que está involucrado.
Ivette y Pierce intentan acceder discretamente a los documentos que Smith dejó en su escritorio. Sin embargo, él los interrumpe y les dice que quiere hablar con ella y sus padres en casa. Ya allí, Pierce revela algo impactante: descubrió un nombre en los archivos, el de un agente acusado de corrupción cuyo verdadero nombre es James Malone. Fue este hombre quien casi lo arruina años atrás durante una redada en Londres, en la que también murió su compañero Devon.
Ivette no puede creer lo que escucha. Pierce le dice que no se sorprenda: su antiguo capitán, John Thomas, ya tenía sospechas sobre un agente con contactos internacionales que se hacía pasar por policía o figura importante para infiltrar redes y secuestrar mujeres. Cree que ese agente fue responsable de la muerte de Devon y que la misión de entonces fue una trampa para silenciarlo. Aquella culpa destruyó su carrera y arruinó su matrimonio.
Pablo, indignado, dice que quisiera golpear a Smith con sus propias manos. Amalia e Ivette lo calman. Ella les dice que deben fingir que no saben nada aún, mientras ella y Pierce continúan investigando.
De vuelta en el Departamento de Policía, encuentran archivos de varios años atrás que coinciden con los datos del secuestro de Ivette. Pierce sugiere llevar los documentos a su casa para analizarlos con calma. Al llegar, se disculpa por el desorden: se mudó hace poco, ya que el lugar anterior no era seguro. Le ofrece algo para beber, e Ivette simplemente le pide un vaso de agua.
Mientras revisan los archivos, Ivette y Pierce encuentran unas fotos que revelan verdades ocultas durante la búsqueda de Cristina. Ella, enfurecida, no puede creer que una vez más le hayan mentido. Pierce intenta tranquilizarla, asegurándole que contactará a sus aliados en la Policía de Londres para descubrir qué están ocultando.
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