Ivette lo observa un segundo más, sabiendo lo que está a punto de sacrificar, y luego huye con Cristina hacia la estación. En el camino, avisa a sus padres y les pide que se mantengan en contacto. Al llegar, se asegura de que Cristina reciba atención médica y psicológica. Sabe que las próximas horas serán difíciles.
Mientras tanto, Pierce es llevado, con una bolsa cubriéndole el rostro, hacia un hangar abandonado cerca de la frontera con México. Al llegar, lo sacan del vehículo y Smith les ordena a Frank y Chad que lo amarren a una silla. Con una sonrisa torcida, se aproxima y le lanza un golpe seco al rostro.
—Ha pasado mucho tiempo —susurra con veneno—. Ivette es afortunada… Aunque una lástima que no aceptara estar conmigo. Era tan dulce, tan ruda. Una niña preciosa. Ninguna virgen se le comparaba. Habría sido un placer…
Pierce, con rabia incontrolable, escupe las palabras:
—¡Eres un enfermo… No te atrevas a hablar de ella!
Smith lo ignora. Le retira la bolsa y la mordaza lentamente, disfrutando del momento.
—No te hagas el valiente, Ryan. Sé mucho más de lo que imaginas. Sé de tu familia… y de Ivette también. Hace unos minutos di la orden de vigilarlos —dice, mostrando un video grabado frente a su casa.
Pierce, al verlo, traga saliva. Su mirada de furia se vuelve rígida. Está atrapado… por ahora.
Smith, sabiendo que no ha quebrado del todo a Pierce, decide hablarle de lo que más le duele:
—Devon… Tu querido compañero. Tan noble, tan ingenuo. ¿Sabías que Thomas le pidió que se retirara del caso? Pero él tenía pruebas contra mí. Planeaba contártelo todo, pero esa noche murió.
Smith se acerca aún más, susurrando:
—Te dejó una nota. No quería que te culparas. Te amaba… dijo que si alguna vez la leías, supieras que intentó salvarte. Que Malone estaba tras él, y que no quería que tú corrieras la misma suerte.
Pierce aprieta los puños. Siente una mezcla de rabia y tristeza imposible de contener.
—Devon me salvó. Fue un verdadero amigo… algo que tú jamás comprenderás —escupe con los ojos cargados de lágrimas.
—Oh, Pierce… tu sentido de lealtad siempre fue lo que más me intrigó —se burla Smith—. Sabes, no solo tengo vigilada a Ivette. También sé de su exnovio. Qué triste que hayan terminado. Si cooperas, no le haré daño… pero si te resistes, nadie quedará en pie.
Smith le hace un gesto a sus hombres, que golpean a Pierce nuevamente. Su cuerpo se sacude con cada golpe, pero su mente se aferra a una imagen: Ivette. La promesa de justicia. Y la memoria de Devon.
Finalmente, Smith se aparta y les dice a Frank y Chad:
—Prepárense… tenemos un largo viaje fuera de Los Ángeles.
Las horas pasan. Ivette está en la estación de policía e informa a sus padres que Cristina pasó la revisión médica: no hay señales de abuso físico. Sus padres, aliviados, se tranquilizan, aunque Cristina permanece en un estado de shock profundo que requerirá ayuda profesional. Ivette se sienta junto a ella, le toma la mano y le pregunta suavemente:
—¿Qué sucedió durante tu cautiverio?
Cristina, con voz entrecortada, le cuenta que Chad la llamó una noche, diciéndole que se irían juntos fuera de Los Ángeles. Por eso escribió aquella carta y empacó sus cosas en secreto. Chad la recogió y la llevó a un edificio en construcción. Cristina pensó que le presentaría a alguien antes de partir, pero en ese momento, un hombre la sujetó por detrás y le colocó un pañuelo en la cara. Todo se volvió oscuridad. Al despertar, estaba amarrada sobre un colchón, en una habitación cerrada. Escuchó voces: hombres que traían a otras chicas, revisándolas como mercancía. Reconoció a Chad y a su tío entre ellos. Hablaban de un viaje al extranjero.
—Ya no sigas… —le dice Ivette con ternura—. Eso bastará. Me ayudará a encontrar a Pierce… y a las demás. los padres de Ivette insisten en que tenga cuidado. No quieren perder otra hija. Ivette les asegura que estará bien, que lleven a Cristina a casa y confíen en ella. Justo entonces, el detective Castro se le acerca con urgencia:
—Ivette, necesito hablar contigo… es importante.
Mientras tanto, Smith y sus hombres se preparan para abordar un avión privado con destino desconocido. Pierce, golpeado pero en pie, es arrastrado a bordo. Smith lo observa y dice con sarcasmo:
—Prepárate para una aventura, Ryan. Te encantará la sorpresa…
—Sé exactamente qué estás tramando —gruñe Pierce.
—Entonces relájate, que el espectáculo apenas comienza.
Pero en ese momento, el sonido de sirenas irrumpe en el silencio de la pista. Ivette y Castro llegan con oficiales armados. Smith reacciona de inmediato:
—¡Chad, Frank! ¡Maten a Pierce!
Se desata un tiroteo. Ivette grita a sus compañeros:—¡Tengan cuidado! ¡Pierce está en el avión!Dentro del avión, Smith se acerca a Pierce, burlándose:
—Tu damisela ha venido a rescatarte, Ryan. Qué romántico.
Aprovechando un descuido, logra desatarse y golpear a Chad y Frank. Smith intenta disparar, pero falla. Pierce lo embiste, y ambos forcejean violentamente.
Ivette logra llegar al avión, pero Chad la intercepta. Comienza a golpearla con brutalidad mientras la insulta:
—¿Y tu hermana? ¿También es tan inútil como tú?—Me alegra que viniera… para verte caer —responde Pierce.
Llena de rabia, Ivette le dispara en el pie. Él cae gritando. Ella lo golpea en el estómago con fuerza:
—¡No vuelvas a hablar de Cristina!
Adentro, Pierce sigue luchando con Smith.
—¡Pagarás por lo que les hiciste a todos! —le grita mientras logra desarmarlo. Smith, jadeante, se burla:
—¿Vas a matarme, Ryan? ¿Tienes el valor?
En ese momento, Ivette entra apuntando. Pero Frank aparece por sorpresa y le apunta a ella. —Baja el arma —ordena.
Smith sonríe, triunfante.
—Qué escena tan conmovedora. Qué gusto verlos juntos… otra vez engañados. Ivette… nunca dejaste de ser esa zorrita del burdel. Pensé que eras más inteligente. ¿Creíste que no vigilaba a tu ex, Alex? Todo lo que te importa ha estado bajo mi mirada.
—Eres un monstruo —responde Ivette con asco—. Fingiste aquel arresto para cubrir tu negocio, usando el barco de Arturo Quintana para traficar más chicas.
—Eres lista… Y hermosa. Nunca olvidaré que te tuve bajo mi control —se burla Smith.
Pero antes de que pueda continuar, el detective Castro irrumpe y le dispara a Frank. Ivette se abalanza sobre Smith y lo golpea. Él responde con una burla más, pero Pierce lo derriba con un puñetazo demoledor:
—¡No te atrevas a faltarle el respeto!
Ivette, ahora con el control, le exige a Smith:
—¡Quítate el saco y la camisa!
Smith finge coquetería:
—¿Quieres verme sin nada?
—¡Cállate! —exclama ella. Al ver el tatuaje de calavera, confirma lo que tanto temía.
—¿Qué te parece verlo otra vez? —provoca Smith.
Pierce lo golpea otra vez. Smith ríe:
—Esto no ha terminado. Hay muchos que me deben favores. Irán por ustedes… y por todo lo que aman.
Ivette se inclina y le susurra:
—Que vengan. Te estarán esperando… en la celda más oscura que encuentren.
Smith ríe, pero Castro lo derriba con el último golpe.
—Bien hecho —dice el detective mientras lo esposan.
Al salir del avión, Ivette exhala por primera vez en horas. Todavía queda camino, pero por fin… empieza la justicia.
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